Fotografía y vídeo de boda en El Mas de Anna, Alginet: Yoanna & Héctor
Diecisiete años juntos, Elsa con los anillos y un «¡Dimoni, puedes besar a la princesa!».
Este reportaje es un ejemplo de nuestro trabajo como fotógrafos y videógrafos de boda en El Mas de Anna, en Alginet. Era la primera vez que trabajábamos en esta masía, así que todavía no tiene ficha propia en la web. Si estás buscando sitio, en nuestra guía de masías y fincas para bodas en Valencia tienes los espacios que conocemos por experiencia, y aquí puedes ver más reportajes de bodas reales.
Yoanna y Héctor se conocieron en unas fiestas del pueblo, con 13 y 14 años. Diecisiete años después, con su hija Elsa llevando los anillos, se casaron en El Mas de Anna, en Alginet. Para mí no era una boda más: en julio de 2023 hice la de Bárbara, la hermana de Yoanna, y llegar a esta ceremonia fue llegar a una familia que ya conocía. Volver a una familia tiene algo que la primera vez no tiene. Ya no vas a conocer a nadie; vas a ver qué ha cambiado. Esta vez había una pelirroja más, una ceremonia contada casi entera por su gente —las tías, los amigos de la infancia, las amigas del instituto, la hermana y el cuñado— y una palabra que acabó repitiéndose más que ninguna: casa.
Diecisiete años desde unas fiestas del pueblo
La ceremonia empezó echando cuentas. La historia de Yoanna y Héctor arrancó un 11 de agosto de 2009, «dos años después de que se escribiera la Biblia», y desde entonces ha ido llenándose de capítulos: una Yoanna adolescente «con su flequillo recto y su cara de no haber roto un plato», un Héctor con el pelo de punta, el chalé de la familia viendo aparecer a los amigos. A quien los casó le dio tiempo a hacer la cuenta completa: en ocho años les toca la boda de plata, y por lo visto se la pueden convalidar.
Entre broma y broma, lo que se dijo allí iba en serio. Amar de verdad, decía la ceremonia, es conocer los mayores defectos de una persona y aun así querer quedarte. Después de diecisiete años eso ya no era una teoría, era lo que todo el mundo tenía delante: dos chavales que se conocieron en unas fiestas y que llegaban a su boda convertidos en familia.
«Tienes razón, princesa»
Las primeras en hablar fueron María José y Rosa, las tías de Héctor, que lo conocen desde que nació. Contaron que de pequeño era un niño de ojazos, tímido, de los que se escondían detrás de ellas antes que llamar la atención; que en el chalé había unas cincuenta mil pelotas de fútbol y que no llegabas a su lado sin que te pasara una; que no comía nada de nada, menos mal que existían los Petit Suisse; y que cogía todos los virus del mundo, hasta el punto de que el chalé parecía un ambulatorio. De ahí salió el primer consejo de tías expertas para Yoanna: si Héctor se pone pesado, le lanzas una pelota, le abres un Petit Suisse y te aseguras una tarde en paz.
Después llegaron los tres mandamientos del matrimonio feliz. El mando de la tele y el último trozo de pizza no se comparten: se negocian. Hay tres palabras mágicas que salvan cualquier discusión, y no son «te quiero mucho»: son «tienes razón, princesa». Y cuando ella diga que no le pasa nada, huye y no mires atrás. También explicaron cómo se reparten las fallas en esa casa: Yoanna vive la pólvora y el sentimiento fallero, Héctor las vive desde la acera y de paisano, y ahora que Yoanna ha reclutado a Elsa para la falla de Manises, el veredicto fue claro: «Sobrino, estás oficialmente en minoría».
Antes de terminar, las tías pidieron un momento para mandar un beso al cielo, al abuelo Ricardo y a la tía Dolores, y para recordar la ilusión que les habría hecho estar allí sentados. Fue un momento corto, sin dramatismo, y la ceremonia siguió adelante con la misma alegría con la que había empezado.
Yoanna, con dos enes y sin jota
Cristian, alias Volteretas, amigo de Héctor desde que tenían nueve años, subió avisando de que esperaba no romper nada. Recordó el día en que Héctor le pidió que le acompañara a ver a una chica, cuando él llevaba el pelo amarillo y Héctor era «un guapete, un rubiete». Esa chica era Yoanna. Los nervios le hicieron perder el hilo dos veces, lo reconoció en voz alta —«estoy muy nervioso»— y terminó deseándoles lo mejor en cada etapa entre aplausos. Le despidieron con la mejor crítica posible: por lo menos no había roto nada.
Después habló otro de sus amigos de toda la vida, y empezó por ella: «Yoanna, con dos enes y sin jota. Diecisiete años me ha costado aprenderme tu nombre». Le reprochó, con cariño, que le arrebatara a su amigo con trece años, le deseó que hubiera disfrutado de esos diecisiete años de Héctor como novio —«que te lo dejamos preparado como marido»— y cerró con un consejo práctico para todos los invitados: «No os dejéis ningún cubata a medias, que con lo que cuesta una boda no estamos para regalar».
«Va a ser niña, y serán mejores amigas para siempre»
Una de las amigas de Yoanna la buscó en la niña de pelo rizado que amaba los pendientes grandes y los brillos, en la adolescente vestida de Benetton que nunca fallaba en ningún plan. De Héctor dijo que les había enseñado que amar no es amarrar. Y contó algo que pocas parejas pueden contar: las dos formaron sus familias al mismo tiempo, y Yoanna lo tuvo claro desde el principio: «Va a ser niña, y serán mejores amigas para siempre». Hoy su hija no tiene una amiga; tiene a su teta Elsa. Después habló Ainhoa, que tenía cinco años cuando Héctor llegó a la familia y que no tiene recuerdos de su vida sin él. Elsa le quitó el puesto de pequeña de la familia, reconoció, pero en cuanto le vio la carita la perdonó.
Luego subieron Ángela, Marta y Sara, presentadas como unas amigas que no se sabía si iban a poder articular palabra. Pudieron. Una le agradeció a Yoanna haber aprendido con ella lo que significa de verdad la amistad. Otra, amiga desde los primeros años de instituto, le dijo que su superpoder es cuidar a los suyos y hacer que todo el mundo se sienta en casa. La tercera recordó a la chica que se sentó a su lado el primer día de instituto, aquella mañana en que se perdieron en el metro camino de la universidad, y le habló a Héctor de algo que todo el mundo allí conocía: sus paellas. Juntos, dijo, han construido mucho más que una casa: un hogar lleno de paellas, de tiramisús, de risas y de sitio para los suyos.
«Sois casa»
A Quino lo presentaron como el que prepara los cafés después de comer, el mejor contando chistes y el sevillano más guapo de la familia. Contó que llegó a Valencia el 9 de octubre de 2019 y que, al poco, su cuñado le preguntó para qué se venía aquí a vivir, si no había chavalas en Sevilla. Recordó también la primera vez que vio a Yoanna, perreando en un concierto en la plaza de toros de Valencia, y él pensando si esa era la cuñada que le había tocado. Le tocó. Y de ahí sacó la frase que resume su discurso: la familia no es siempre la que te toca; también es la que te acoge, la que te hace sentir en casa cuando estás lejos de donde naciste.
Cerró Bárbara, la hermana de la novia. Contó que de pequeñas eran distintas, de adolescentes opuestas y que ahora se parecen; que Héctor fue siempre la calma en medio del huracán que eran las dos; y que durante años creyó que su papel era cuidar de Yoanna, hasta que llegó Elsa y cambiaron las tornas: ahora es Yoanna la madre a la que mira y piensa «quiero hacerlo así». Terminó con dos palabras: «Sois casa». Tres años antes, en la boda de Bárbara y Quino en El Teular, las damas de honor le habían dicho a Bárbara exactamente eso, «eres casa, hogar», y Quino había cerrado sus votos diciendo que en Valencia se sentía en casa. Hay palabras que una familia se va pasando de boda en boda.
«Te elijo cada día porque la vida a tu lado es más bonita»
Yoanna empezó sus votos con un «Llegó el día, amor» y una pregunta: quién iba a decirles a aquellos dos niños de 13 y 14 años que su historia ya estaba escrita. Habló de crecer cogidos de la mano, de saber darse espacio y volver a encontrarse siempre en los mismos brazos, porque no vale solo con quererse: hay que quererse bien. Y fue honesta con la parte que no sale en las fotos: desde que llegó Elsa no ha sido fácil, hay mucho cansancio, muchas noches sin dormir y muchos cambios, pero siempre se han vuelto a elegir, incluso cansados. Lo cerró con la frase que yo me llevé de la ceremonia: «Yo no te elijo porque te necesito. Te elijo cada día porque la vida a tu lado es más bonita».
Héctor reconoció que, después de diecisiete años, podría parecer que ya estaba todo dicho entre ellos. No lo estaba. Contó que hace dos años su historia cambió para siempre con la llegada de su pequeña terremoto, y que entonces entendió algo más grande: Yoanna no era solo la mujer con la que quería compartir su vida, sino la persona con la que quería formar su familia. Le dio las gracias por estos diecisiete años, por su hija y por seguir siendo su hogar —otra vez la misma palabra— y terminó con una promesa que en esa boda sonaba a hecho: lo mejor de su historia todavía está por venir. «Te amo, princesa».
«¡Dimoni, puedes besar a la princesa!»
Los anillos los trajo Elsa. «Elsa, es tu turno», le dijeron, y con alguna indicación en voz baja —«a los papás, dáselo a los papás»— cumplió su parte. Quien los casó la había descrito al principio como una mini princesa a partes iguales con un mini dimoni, y no hace falta explicar a quién se parece en cada mitad. Yoanna y Héctor se pusieron los anillos repitiendo la misma promesa: «Te elijo hoy y te seguiré eligiendo cada día».
Después vino el ritual de las arenas, el mismo que tres años antes había cerrado la ceremonia de Bárbara y Quino. Cada uno con su arena, su historia y su manera de ser, vertiéndolas en un mismo recipiente. Lo bonito del ritual, se dijo, es que una vez mezclada sería imposible separarla exactamente como estaba, igual que diecisiete años de recuerdos. En su lugar bonito ya existía una tercera arena. Llegó la declaración —«en nombre del amor que os une y conforme a la legislación aplicable, os declaramos unidos en matrimonio»— y, sin pausa, la frase que todo el mundo estaba esperando: «¡Dimoni, puedes besar a la princesa!».
La fiesta fue la mascletà
Las tías lo habían dicho en la ceremonia: esta pareja ha demostrado que se puede sobrevivir a una mascletà en el salón de casa y, cinco minutos después, disfrutar del silencio más bonito del mundo. La fiesta fue la mascletà. Los invitados se tomaron al pie de la letra lo de no dejar ningún cubata a medias, nuestro photocall acabó convertido en otra pista de baile y, casi sin planearlo, las amigas de Yoanna nos regalaron una microsesión improvisada en la que nadie estaba pendiente de salir bien porque estaban demasiado ocupadas pasándoselo en grande. Muchas de esas fotos van en blanco y negro: en una fiesta así el color sobra, lo que importa son las caras. Las tías también habían avisado de que, si cierto amigo se venía arriba como en la despedida, acabarían todos subidos a la mesa cantando saetas. No voy a decir si pasó.
Luego llegó el silencio, el de recoger y despedirse. Antes de irnos, Yoanna y Héctor se plantaron delante de nuestra furgoneta, la que dice «sin posados», y posaron señalándola: la única regla que no les importó saltarse. En la mayoría de bodas, al final, te despides de unos clientes. En esta me despedí de una familia, y me fui con una sensación difícil de explicar: la de haber hecho bien el trabajo en una boda que, para mí, también era importante.
Al final de los discursos, la ceremonia les recordó que ese día no empezaban su historia: la historia ya llevaba muchos años escribiéndose, y solo le añadían una página especialmente bonita. Es lo más parecido a lo que intento hacer en cada boda. Si dentro de veinte años Elsa quiere saber cómo fue esa página, aquí estará: las tías y sus mandamientos, el amigo nervioso, el nombre con dos enes y sin jota, su tía diciendo «sois casa» y ella misma, con dos años, llevando los anillos.
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Un abrazo,
Israel — Va de Novias
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YOANNA & HÉCTOR | Mas de Anna (Alginet)
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