La historia de Alba y Sergio empezó cuando eran prácticamente dos niños.
Se conocieron en la guardería,
después fueron juntos al instituto
y durante años formaron parte de la vida del otro como amigos.
Con el tiempo, aquella confianza terminó convirtiéndose en una relación
y la amistad encendió una chispa que ya venía de muy atrás.
La madre de Sergio contó durante la boda una anécdota que lo resume todo:
cuando su abuelo iba a recogerlo a la guardería,
Sergio le decía:
«Mi novia se llama Alba».
Años después, aquel comentario de niño parecía casi una pequeña profecía.
Esa historia compartida se notaba en la boda.
No eran dos personas intentando construir intimidad para la cámara:
había una confianza de años,
gestos que no necesitaban explicación
y una manera muy natural de estar pendientes el uno del otro.