Rosa se peinó y arregló en la peluquería de su prima y madrina. Después subió a vestirse en casa de sus padres, rodeada de familiares, amigas de la familia, su hermano y su hija Carolina, de cinco años.
También estaba muy presente el recuerdo de Urban, su perro, que habría cumplido 19 años.
Para la boda eligió un traje de Nadia y unas sandalias ibicencas compradas en Castellón. Desde el primer momento el vestido le sentó como un guante.
Había además una pieza mucho más antigua y personal. El 3 de junio de 2000, su abuela materna le había regalado su anillo de casada. Rosa no se lo había quitado desde entonces y, por supuesto, aquel anillo también estuvo presente el día de su boda.
Rafa vivió los preparativos de una forma muy distinta. Estaba bastante nervioso, fumando sin parar y deseando que llegara el momento de ir a la iglesia del brazo de su madre. Para ayudarle a vestirse acudieron su hermano y sus dos hermanas; por momentos también apareció Carolina, la hija de ambos.
El padre de Rosa fue el encargado de llevarla a la iglesia y acompañarla hasta el altar. Como ocurre tantas veces en los pueblos, antes hubo ese pequeño paseo en el que los vecinos podían ver pasar a la novia y compartir el momento.
Su padre era un hombre discreto, con mucho sentido del humor y muy buena persona. A Rosa le encantaba escucharle contar historias de su infancia y de su juventud.