Llegué puntual a la iglesia, cosa que me dio mucha rabia.
Aún estaba Edu ahí en la entrada, a punto de hacer su entrada,
lo que me puso de los nervios.
Paramos y mi padre me incitaba a entrar ya,
cuando yo no lo tenía muy claro, por si Edu no había llegado al altar.
La entrada fue un desastre, si os soy sincera,
pero bueno, allí llegué: emocionada,
viendo a todos mis amigos y familia
y con ganas de ponerme al lado de mi futuro marido.
La misa pasó muy rápido y, sin darnos cuenta,
ya estábamos saliendo por la puerta bien felices.
Ya estaba hecho.
Ahora solo quedaba disfrutar del convite.
Llegamos al Club de Golf Escorpión, donde haríamos el banquete.
Allí se habían casado mis padres y mi hermana,
por lo que me hacía especial ilusión casarnos ahí también.
Mientras nos hacíamos el reportaje de fotos empezó a llover a saco,
típica tormenta valenciana que dura 15 minutos,
pero parece que se acaba el mundo.
Nadie, absolutamente nadie, sabía que iba a caer esa lluvia.
Era una nube aislada que no salía en ninguna predicción del tiempo.
Ahí estábamos Edu y yo, mojándonos bajo la lluvia,
haciéndonos un reportaje alucinante en los campos de golf.
En el fondo, se nota en el reportaje que mi cara es un poco de preocupación,
ya que veía que no paraba y teníamos todo organizado al exterior.
Mientras nosotros seguíamos con las fotos,
ya refugiándonos bajo un árbol al ver que no paraba...
los trabajadores del golf se pusieron a tapar las mesas corriendo
y esperaron a que esa nube se fuera.
Luego los pobres se pusieron a secar, copa a copa y plato a plato,
todas las mesas.
La lluvia se fue y empezaron a llegar los invitados al cóctel.
De aquí hasta el final todo fue sobre ruedas.
Entrada, cena, ramo, tarta, baile…
Todo muy divertido y perfecto.
Estábamos en nuestro ambiente, con las personas que más queríamos;
era imposible no disfrutar de aquella noche.
Cuando por fin llegamos al hotel al terminar la noche,
todavía estaba sonriendo.
Aun estando con los ojos cerrados, relajada y medio dormida,
mi sonrisa se había quedado de forma permanente en mi cara.
Sin duda, no me podía sentir más feliz.
Fue un día perfecto que marcará el resto de nuestra vida.