Boda de Anna y Daniel en Jardines La Cartuja
Fotografía y vídeo de una boda celebrada después de catorce años juntos, con familia, amigos y muchos detalles construidos por ellos mismos.
Antes de que empezara la ceremonia en Jardines La Cartuja ya había pistas de que esta boda iba a tener mucho de Anna y Daniel. No habían querido seguir una temática cerrada ni convertir el lugar en un decorado que pudiera pertenecer a cualquiera. Había cosas hechas por ellos, recuerdos de su historia y una idea bastante clara: disfrutar por fin de las dos familias juntas. Después de tantos años trabajando como fotógrafos de boda en Valencia, son precisamente esos detalles los que intento mirar antes de que empiece todo, porque suelen explicar mejor a una pareja que cualquier decoración perfecta.
Ellos mismos habían dejado escrita una frase antes de casarse: “No somos de palabras, somos más de hechos”. Y durante el 14 de agosto de 2026 esa frase apareció continuamente sin necesidad de repetirla: en cómo habían preparado el espacio, en la gente que tenían alrededor y en las historias que familiares y amigos acabarían contando durante la ceremonia. Pero para entender por qué estaban todos allí había que volver catorce años atrás.
De una Pascua de 2012 a Jardines La Cartuja
Anna y Daniel se conocieron en Pascua de 2012, alrededor de una torra con amigos. Volvieron a coincidir unas semanas después y terminaron hablando durante horas. Dani la buscó después en redes sociales; Anna dudó antes de aceptar aquella solicitud de amistad y todavía le hizo trabajar un poco más para conseguir una primera cita. Él insistió, ella dijo varias veces que no y, cuando finalmente empezaron a quedar, ocurrió algo que durante la ceremonia recordaron entre risas: después de tanta iniciativa de Dani, el primer beso lo dio Anna. A partir de ahí llegaron los viajes, la familia, los amigos y hasta los dardos, afición en la que ambos terminaron compitiendo a nivel nacional.
La pedida tampoco siguió exactamente el guion. Había un plan para hacerla camino de Bilbao, en la cascada de Gujuli, pero la furgoneta se averió en Logroño y acabaron regresando a Valencia. Tras otros intentos, Anna decidió tomar el mando y preguntárselo a Dani desde el sofá. Él respondió: “Te diré que sí cuando me lo digas en un sitio bonito”. Finalmente fue en la playa de Puçol, justo donde se habían dado aquel primer beso. Catorce años después, esa mezcla de planes, imprevistos y sentido del humor seguía bastante intacta.
Una ceremonia que habló realmente de ellos
La ceremonia civil, oficiada por Darío Moreno Lerga, empezó ya con una pequeña trampa. Daniel esperaba de espaldas en mitad del pasillo porque Anna le había pedido que no mirara su entrada. Entró una novia, sí, pero no era Anna. Pablo y los amigos habían preparado una falsa entrada antes de que apareciera la novia de verdad. Después llegó el momento serio, aunque tampoco hizo falta inventar grandes frases románticas: se habló de aquella Pascua de 2012, de la paciencia de Dani, del primer beso de Anna, de los viajes, los dardos y de la confianza que les ha permitido llegar juntos hasta aquí.
Después habló su gente y ahí estuvo buena parte de lo que nosotros queríamos conservar. Encarna, su madre, definió a Anna como luchadora, trabajadora, de ideas claras y muy ligada a su familia antes de decirle: “Anna, el meu cor està ple d'orgull”. Su hermana Encar recordó la infancia, Blancanieves, Anastasia, las gatas, la piscina y las Fallas, pero dejó una frase todavía más precisa: la manera de Anna de demostrar a alguien que le importa es estar; y reconoció esa misma cualidad en Dani. Cristian y Javi devolvieron el cachondeo al pasillo con historias de trabajo, averías y una mortadela difícil de olvidar, para acabar resumiendo la noticia de la boda en dos palabras: “Por fin”. Eso es lo que para nosotros da sentido al vídeo de boda: poder volver a escuchar dentro de unos años exactamente quién dijo qué.
Ya casados: arroz y una plaza construida por ellos
Después de los anillos, la firma y el beso llegó la salida. Anna y Daniel recordaban el consejo de no bajar la cabeza, aunque sus invitados no parecían especialmente interesados en ponérselo fácil. El arroz empezó a caer por todas partes y en pocos segundos dejaron de existir las poses: ojos cerrados, risas, manos protegiéndose y los dos intentando atravesar aquello juntos. Anna contaría después que calculaban unos catorce kilos de arroz. Sea cual sea la cifra exacta, la secuencia de fotografías explica bastante bien por qué preferimos que una pareja viva lo que está pasando y no esté pendiente de la cámara.
En el cóctel tomó protagonismo La Plaza del Pueblo, un espacio que Anna ya nos había señalado antes de la boda. Sobre ella habían construido una preciosa pérgola de bombillas y en el centro habían colocado un mástil de barco cortado y preparado por ellos mismos junto a un barril de Ron Legendario llegado de Cuba. No eran detalles puestos para rellenar espacio. Esa parte de Jardines La Cartuja tenía literalmente trabajo de Anna y Daniel detrás, algo que también se repetía en las mesas, creadas alrededor de momentos que habían vivido juntos.
Una cena en la que la familia también tenía que jugar
Entre los regalos habían preparado portarretratos que después utilizamos para incorporar nuestro juego Clava la Pose. Cada familiar debía llegar al photocall, intentar reproducir la pose de su fotografía y sustituir después la imagen del portarretratos por la nueva. Es una idea que estamos probando en bodas reales y aquí encajaba especialmente bien porque el regalo no terminaba en la mesa: obligaba a la familia a participar, reírse y crear otra fotografía juntos.
Al final de la cena aparecieron los bastones luminosos y los más jóvenes terminaron rodeando a Anna y Daniel, bailando con las luces levantadas sobre sus cabezas. Después llegó una tradición de la familia de Dani bastante menos delicada: el novio debía recibir tres tartazos. Esta vez tuvieron misericordia y se quedó en dos. Ese tipo de fotografías son las que más me interesan dentro de un reportaje de boda: escenas que no tendría sentido repetir con otra pareja porque pertenecen a esa familia y a ninguna otra.
El baile que Anna había escrito en mayúsculas
Cuando antes de la boda preguntamos a Anna qué momento era imprescindible, respondió literalmente: “EL BAILE!!”. Dani no es precisamente un apasionado del baile y por eso ella lo esperaba todavía más. El resultado nos sorprendió también a nosotros: se marcaron un baile precioso, rápido y divertido, con un aire de polka que no tenía nada que ver con quedarse quietos balanceándose durante tres minutos. Era de película, sí, pero de su película. Merecerá recuperar también ese fragmento en vídeo.
En la fiesta montamos nuestra plataforma 360 para que los invitados pudieran grabarse y llevarse rápidamente sus vídeos mediante QR, junto al photocall con revelado. Pero el verdadero protagonista de aquel photocall era el fondo que habían confeccionado Anna y Daniel: casi cinco metros de ancho por tres de alto cubiertos de fotografías en blanco y negro de familiares y amigos. La gente se acercaba, se buscaba dentro del collage, reconocía caras y comentaba recuerdos antes incluso de ponerse delante de la cámara. Las mismas personas que estaban celebrando la boda formaban parte, literalmente, del decorado.
Al final de la cena aparecieron los bastones luminosos y los más jóvenes terminaron rodeando a Anna y Daniel, bailando con las luces levantadas sobre sus cabezas. Después llegó una tradición de la familia de Dani bastante menos delicada: el novio debía recibir tres tartazos. Esta vez tuvieron misericordia y se quedó en dos. Ese tipo de fotografías son las que más me interesan dentro de un reportaje de boda: escenas que no tendría sentido repetir con otra pareja porque pertenecen a esa familia y a ninguna otra.
No somos de palabras, somos más de hechos
Después de recorrer toda la boda, aquella frase de Anna y Daniel cobra todavía más sentido. La madre habló de familia; su hermana explicó que Anna demuestra el cariño estando; los amigos describieron a Dani como el que busca herramientas, estudia el problema y vuelve al día siguiente para solucionarlo. Y ellos habían hecho exactamente lo mismo con su boda: una pérgola construida por sus manos, mesas con recuerdos, un mástil de barco, portarretratos para la familia y un photocall formado por las caras de las personas que querían tener cerca.
Un reportaje de boda en Valencia lleno de verdad
Antes de casarse también escribieron que querían que todo saliera bien “con sus imprevistos e imperfecciones”. Creo que ahí está bastante bien resumido lo que guardamos de ellos: una novia falsa, kilos de arroz, discursos que solo podían pronunciar sus familias, dos tartazos, una polka inesperada y mucha gente reconociéndose en una pared llena de recuerdos. Nuestra forma de trabajar como fotógrafos de boda en Valencia consiste precisamente en eso: no fabricar una boda mejor que la que ocurrió, sino conservar la que fue de verdad. Puedes encontrar más historias así en nuestra sección de bodas reales.
Un abrazo,
Israel — Va de Novias
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ANNA & DANIEL | jardines la Cartuja
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Anna y Daniel llegaron aquí después de 14 años juntos: ceremonia civil, familia, amigos, mucho humor y una salida entre arroz imposible de controlar.
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